Estudio con astronautas gemelos: el que vivió en el espacio envejeció más

Estudio con astronautas gemelos: el que vivió en el espacio envejeció más

Pasar un año en el espacio provoca alteraciones en el ADN de los astronautas, que continuan tras su regreso a la Tierra y que podrían conllevar un riesgo para su salud a largo plazo, según publica el diario español La Vanguardia.

Esa fue la principal conclusión de una investigación internacional liderada por la NASA que analizó con una profundidad sin precedentes cómo una estancia en la Estación Espacial Internacional (EEI) afectó al cuerpo de un astronauta comparándolo con su hermano gemelo, que se quedó en la Tierra. Sin embargo, los autores remarcan que el trabajo, publicado este jueves en Science, una publicación científica, demuestra que el cuerpo humano puede mantener un buen estado de salud en misiones espaciales de larga duración.

Scott y Mark Kelly son los dos únicos astronautas del mundo que comparten el mismo ADN, pues son gemelos idénticos. Ambos son veteranos de la Marina de los Estados Unidos y de la NASA y han viajado al espacio en múltiples ocasiones.

En marzo de 2015, Scott Kelly se embarcó en una misión de un año a la EEI mientras su hermano Mark seguía trabajando en la agencia espacial estadounidense desde tierra. Fue el propio Scott el que tuvo la idea de aprovechar esta oportunidad excepcional para comparar cómo cambiaba el cuerpo de dos personas genéticamente idénticas, una en la tierra y otra en el espacio. Así, con el objetivo de comprobar los efectos de una misión espacial de larga duración, surgió un proyecto de investigación que ha implicado a más de diez equipos de todo el mundo.

Durante los 342 días que Scott Kelly pasó en la EEI, en órbita a 400 kilómetros de la superficie terrestre, se sometió a una gran cantidad de estudios médicos para analizar todos sus aspectos de su salud. Cuando era posible, sus muestras venían inmediatamente a la Tierra a bordo de cápsulas de aprovisionamiento. Si no, el propio Kelly las congelaba a 80 grados bajo cero hasta que pudieran viajar a los laboratorios terrestres.

“Hubo retos increíbles”, declaró en rueda de prensa Andrew Feinberg, director del Centro de Epigenética de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore (EE.UU.) y coautor del trabajo. Por motivos logísticos y de seguridad, “se nos permitía obtener menos sangre de Scott de la que se permite extraer de un niño ingresado en un hospital”, recuerda. Mientras tanto, en la Tierra, su hermano Mark pasó por las mismas pruebas, aunque continuó haciendo vida normal, para hacer de referencia.

La microgravedad de la EEI provocó una redistribución de los fluidos corporales de Scott Kelly. En la Tierra, la gravedad provoca que, cuando estamos de pie, la cabeza tenga una presión sanguínea más baja que las piernas y la parte inferior del torso. En ausencia de esta gravedad, la sangre se acumula en mayor cantidad en la cabeza y la parte superior del cuerpo. Eso hizo que se dilataran los vasos sanguíneos del cuello y de los ojos de Scott durante su estancia en el espacio, lo que a su vez causó alteraciones en su retina. Al regresar a la Tierra, la mayor parte de estas adaptaciones se revirtieron, pero su año en la EEI sí dejó una leve huella en la estructura de su retina.

Las capacidades cognitivas de Scott Kelly se vieron ligeramente reducidas tras su viaje, posiblemente por el incremento de la presión sanguínea en su cabeza. Seis meses después de su retorno, había vuelto prácticamente a la normalidad, aunque los investigadores detectaron leves carencias que persistieron más de lo esperado.

Los genes de Kelly también se adaptaron a la vida en el espacio, especialmente los relacionados con el sistema inmunitario. Pero fue al volver a la Tierra cuando realmente se produjo un cambio más brusco: tras el aterrizaje, aumentó drásticamente la actividad de genes implicados en la inflamación, una respuesta del cuerpo a una alteración súbita del ambiente que concuerda la experiencia de los astronautas, que citan este momento como el más extenuante de sus misiones.

“Un mensaje claro de los datos moleculares es que, si el espacio es duro, el aterrizaje es mucho más duro para el cuerpo, al menos en los primeros días”, declaró Christopher Mason, genetista del Centro Médico Weill Cornell de Nueva York (EE.UU.) y coautor del estudio.