La chifladura de Trump y la nuestra

La chifladura de Trump y la nuestra

Donald Trump está chiflado. Lo tranquilizador es que lo contiene una formidable camisa de fuerza que se llama “el sistema”. El sistema es un conjunto de instituciones consolidadas y una serie de controles constitucionales que aseguran la existencia de determinados límites que ese desenfrenado mandatario no va a poder saltear.

Podrá decir barbaridades, pero nunca, por ejemplo, “ahora vamos por todo”. En la Argentina, después del huracán político que dejaron las PASO, se ha abierto una estupenda posibilidad de demostrar desde la política que aquí también “el sistema” está creciendo.

Claro, para eso se necesita grandeza y conexión plena con la realidad. Dos valores que suelen escasear en etas pampas.

El yoismo

Tanto el presidente Mauricio Macri como el presidenciable más votado en las PASO, Alberto Fernández, ya tendrían que estar anunciando al país un acuerdo básico de gobernabilidad, al que deberían invitar a todas las fuerzas políticas y de la civilidad.

Un documento donde nos demuestren a los argentinos, a las demás naciones y a los mercados que somos un país previsible y que algo hemos aprendido luego de tantos avatares negativos en lo político y lo económico.

Para eso hay que superar los egos inflamados, el ombliguismo e incluso los resabios de todas esas pesadillas políticas que nos tocó vivir. La clase política debe conectar con la realidad y hacer un culto de la gestión. Nunca más nos debería espantar el acuerdo y la negociación. Porque hacer política es eso: juntar los pedazos de verdades y hacer una amalgama productiva.

Maldito culto

Ningún país serio ha crecido sin pactos mínimos de las fuerzas políticas. Acá en cambio le rendimos culto a las grietas y a hacer hocicar al adversario. ¡Ah, eso nos fascina! Macri, Fernández, Lavagna, los partidos chicos y todos los líderes de la sociedad civil tienen la obligación de asegurar la previsibilidad institucional de la Argentina.

Este es el momento exacto para que la política argentina tenga, a escala, su pacto de La Moncloa, como los españoles. O la Concertación, como los chilenos. Un acuerdo que contenga unas pocas pero contundentes líneas directrices de lo que queremos en lo económico, lo social y los político en este proceso apresurado de transición al que nos han llevado las PASO y sus demoledores resultados para el gobierno.

Esa grandeza de la que hablamos es infinitamente más importante que el ego herido de Mauricio Macri o que el ego inflamado de Alberto Fernández o de Cristina Kirchner.

Pactar gobernabilidad es, tanto para Alberto Fernández como para Mauricio Macri, como el agua para el perdido en el desierto. Los dos la necesitan con urgencia. Macri, para concluir el 10 de diciembre su mandato constitucional, lo cual marcaría un hito en nuestra vida política, signada por el famoso olfato del peronismo para matar antes de tiempo al adversario herido. Y Fernández, para poder asumir, si así lo ratifican las urnas en octubre, en un contexto mucho más previsible tras haber convencido a la ciudadanía y a los factores de poder de que no se repetirán medidas económicas que ya demostraron su fracaso.

Pactar no es debilidad. Negociar con el adversario, tampoco. Por el contrario, es fortaleza. El recuerdo de Cristina negándose a entregar los atributos de mando a su sucesor lastimó al sistema. Macri, enojándose con los que votaron a Alberto, también. Es el país, esa formidable comunidad de sentimientos e ideales, lo que importa. Son las instituciones lo que hay que consolidar, no los apellidos.

El pacto de La Moncloa salvó a España y logró sacarla de la dictadura hacia el progreso. Y son las instituciones las que sofrenan a diario a un delirante como Trump. Esta crisis que vive la Argentina es la oportunidad para demostrar que la racionalidad política también es posible en esta tierra de talentos desencontrados.