Los nuevos deudos y el exhibicionismo

Los nuevos deudos y el exhibicionismo

Un famoso comunicador televisivo  y radial es motivo de largas notas en algunos medios periodísticos porque ha muerto su perro. Varios de estos sitios retransmiten una extensa carta de despedida del aludido a su animal donde explica aspectos de la entrañable relación generada durante 14 años de vivir juntos. Los títulos hablan “del drama” que vive el periodista.

Otro personaje, de esos esporádicos nombres que genera a montones la TV, cuenta, desgarrado, que está al borde del colapso emocional por la muerte de su conejo, con el que vivió durante un año en un departamento porteño y del que dice haber recibido muestras inimaginables de amor, a pesar de que admite que el bicho le meaba los sillones y le dejaba bosta en forma de bolitas por toda la casa. Lo de este muchacho es presentado como “la tragedia de…”

Entonces, sorprendido, me pregunto: ¿no estaremos demasiado pasmados o  medio “pelotaris” para apañar el creciente exhibicionismo de estos nuevos deudos? ¿A dónde corno fue a parar la templanza para sopesar las cosas?

Humanos,
atrás

Puedo entender que haya razones motivadas por las nuevas costumbres de las grandes ciudades donde mucha gente de clase media  prefiere vivir con un perro antes que con un ser humano porque los perros no cuestionan. Lo que me cuesta entender es  que cierto periodismo desbarranque tan mal al momento de jerarquizar una noticia.

Digámoslo sin vueltas: es anormal que la muerte de un perro que ha vivido 14 años con su dueño genere una noticia para título catástrofe siendo que la edad promedio de vida de los canes es de entre 10 y 15 años. Que muera a los 14, de viejo, es esperable. Por lo tanto no es noticia.

Es,
sí, duro para el dueño, pero es un suceso de la vida privadísima de ese señor o
esa señora. No tiene por qué interesarle a los demás.

 Mostrá, mostrá

Quizás
en esto se halle concentrado uno de los males de estos tiempos. Me refiero al
exhibicionismo de sentimientos o de puteríos en las redes sociales como si eso
fuera un espectáculo o algo que le interese como noticia al resto de la
humanidad.

¿Cómo
no calificar entonces de exagerado y o de ridículo que la muerte del conejito de
un influencer genere tal espacio en algunos medios? Máxime en estos momentos de
conmoción pública por la pandemia y su correlato de descalabro económico y
social.

El periodismo ha puesto demasiado interés en seguir algunas lógicas de las redes sociales a pesar de que sabe que muchas de las esencias de esas redes contradicen los basamentos de la prensa respetuosa de sus lectores.

No
seas falsa

¿No son
acaso las falsas noticias (fake news), esas que van y que vienen en las
plataformas virtuales, una forma de minar lentamente la sustancia con la que debe
manejarse el periodismo honesto?

¿Y qué me dice de esa forma falluta y canalla de titular, esa en la que un sitio digital nos dice “Se cae la relación de Pampita y su nuevo marido” y la información se reduce a que él se olvidó la llave y tuvo que esperar en la calle a que la mujer volviera del canal.

Ni
hablar de esa otra supina falta de respeto que es de la desechar la maravillosa
redacción periodística, aquella que consiste en dar en los primeros párrafos de
las noticia el zumo de lo que contiene (qué pasó, quienes la protagonizaron, dónde,
cuándo, y por qué) para luego adentrarnos en los detalles.

Todo
lo cual supone una necesaria y noble consideración a quienes nos leen, sin que
ello obste para que se puedan practicar otras formas más complejas en crónicas,
investigaciones, perfiles y entrevistas.

Sin embargo, cada vez es más usual en algunos digitales eso de que nos pongan un título llamativo y mentiroso para luego darnos una redacción charlatana y odiosa que no tiene información sino cháchara, y cuya intención no es informarnos sino que permanezcamos en el sitio.